Muchas de las labores sociales tienen objetivos muy ambiciosos, especialmente las que buscan una profunda transformación de la sociedad, por lo que requieren grandes dosis de confianza en la propia capacidad para lograrlos, especialmente en tiempos de crisis en los que flaquean nuestras fuerzas. Se necesita que las personas confíen en sí mismas tanto como que confíen en las personas con las que trabajan. Ambas se retroalimentan. Por eso, tenemos que mantener y hacer crecer esta competencia emocional a nivel personal y organizacional.
Un encuentro de voluntariado, como el que organizó la delegación andaluza de Ayuda en Acción el pasado mes, es un espacio concebido para la participación y para el encuentro emocional con el grupo. Isabel Pino, consultora de Ágora Social, impartió en su transcurso un taller para aprender a favorecer la participación y el compromiso en el voluntariado. A través de actividades participativas abordamos cuestiones como la identidad, el compromiso, la motivación, el trabajo en equipo y el liderazgo, factores fundamentales para desarrollar un voluntariado capaz de impulsar el cambio en su entorno y de involucrar a otras personas.
Una organización que quiera impulsar grandes cambios sociales necesita contar con personas seguras de sí, entusiastas, persuasivas y perseverantes, que no se desanimen fácilmente ante las dificultades. No podemos esperar que todas las personas que deseen colaborar reúnan estas cualidades, debemos cultivarlas dentro del grupo.
El taller de Ágora Social se orientó también a desarrollar la comunicación interpersonal, la creatividad, la autocrítica, la cohesión y el trabajo en equipo.
El grupo es necesario para sacar adelante el trabajo pero no está exento de una gran complejidad. Es necesario aprender continuamente a vivir dentro de él. Un grupo inteligente es el que consigue ser más que la suma de sus partes, aprovecha las potencialidades y oportunidades que se le presentan. Se basa en la cooperación para conseguir una mayor capacidad de adaptación y de crecimiento. El aprendizaje es compartido y se disfruta de este proceso.
Para lograr un equipo inteligente hay que tener en cuenta los objetivos del grupo, su organización, la gestión del conocimiento y las ideas, la creación de sinergia, la motivación y la resolución de los conflictos que puedan surgir. En el grupo inteligente no se destierran las emociones, se entiende su funcionamiento como un sistema en el que se relacionan el pensamiento, la conducta, la emoción, la estructura, la realización y el sentido del grupo.