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  ¿Por qué nos da vergüenza pedir dinero?  


Por Agustín Pérez (Director de Ágora Social)

Mucha gente piensa que nuestros interlocutores se van a molestar o se van a ver en un compromiso.

A lo largo de mi larga experiencia en varias organizaciones no lucrativas me he encontrado con mucha gente que se siente violenta ante la perspectiva de tener que recaudar fondos. Piensa que nuestros interlocutores se van a molestar o se van a ver en un compromiso. Siente un pudor que no tiene cuando se trata de pedir que firmen una petición colectiva, acudan a una manifestación o realicen cualquier tipo de colaboración voluntaria. Solicitar un poco de su tiempo y talento es algo noble. Pedir dinero es casi de mal gusto. Sorprende la diferente consideración que tiene recabar lo que al fin y al cabo son diferentes tipos de recursos.

Esa misma gente no tendrá reparo en reconocer que el dinero es indispensable para el funcionamiento de la organización. Pero lo verá como un mal necesario. Harán lo posible por evitar implicarse personalmente. Que se ocupen otros.

¿De dónde procede este arraigado pudor que convierte la recaudación de fondos en una tarea a menudo mal considerada? Una parte de la explicación puede residir en la existencia de tabúes sociales. En nuestra sociedad no está muy bien visto hablar de forma abierta y espontánea fuera de nuestro círculo íntimo de temas tales como la política, el sexo o el dinero. No se considera correcto, por ejemplo, preguntar a alguien cuánto gana o cuánto paga de hipoteca. En esto somos muy diferentes de los estadounidenses.

Esta mentalidad y la ausencia de una cultura de la donación constituyen, a mi juicio, el trasfondo del problema. Pero creo que además hay una gran ignorancia sobre en qué consiste la recaudación de fondos y la psicología de las personas.

En primer lugar se tiene una concepción estrecha de la recaudación de fondos como búsqueda exclusiva de dinero. No se tiene en cuenta que, cuando se realiza adecuadamente, es más que eso. Es entablar una relación con los donantes, sean personas o instituciones, buscando una relación mutuamente beneficiosa que a menudo persigue obtener un compromiso que va más allá de lo económico. Con frecuencia es el punto de partida para dar algo más que dinero. Para difundir información, para movilizar a otras personas, para realizar un voluntariado regular, para prestar otro tipo de recursos técnicos o materiales, etc.

Tampoco se reconoce que los recaudadores de fondos son agentes de cambio social. Su trabajo consiste también en comunicar una causa. Muchas veces es inseparable de la labor de sensibilización y movilización que realiza su organización. Es más, puede ser un catalizador para que la organización se comunique de manera más efectiva con sus audiencias y consiga implicarlas en la causa. Con frecuencia, las actividades que organizan son las que más resonancia tienen. Los eventos de recaudación, como por ejemplo un concierto, puede llevar el mensaje de la organización a más gente que una conferencia que reúne a poca gente y ya comprometida con la causa.

Y otro factor relevante es que no se concibe que los donantes también obtienen una compensación por la que normalmente se sienten satisfechos de haber entregado su dinero. Si supusiera un sacrificio sólo darían las personas carentes de asertividad. Implica un concepto muy bajo de los donantes sobre su capacidad de decidir lo que les satisface o les conviene.

Pero muchas veces las ideas preconcebidas sobre lo inoportuno que puede ser pedir dinero a alguien no es más que una coartada para disfrazar los propios miedos. Muchas personas temen tener que encajar una negativa o que el potencial donante le plantee preguntas que no sea capaz de contestar.

De modo que es necesario formar a estas personas, ya se trate de voluntarios o de personal remunerado, para que pierdan o reduzcan al mínimo este tipo de temores irracionales. También para que conozcan la verdadera dimensión que tiene la función de captar recursos para una organización, que es inseparable de la función comunicativa y que a menudo se integra en las actividades directamente orientadas al cumplimiento de la misión.

Difícilmente se puede persuadir a los donantes para que contribuyan a una organización si sus representantes se muestran inseguros o vergonzantes. Esto es esencial en el trato con los donantes cara a cara o por teléfono. Pero la timidez también se puede translucir en la comunicación impresa, en las solicitudes por correo directo o en lo que se pone en el sitio web.

No hay razón para sentir vergüenza. Recaudar fondos es una tarea no sólo indispensable, sino también digna y que puede reportar muchas satisfacciones tanto a los aportantes como a quienes solicitan. Una mejor comprensión de esta actividad nos ayudará a sacudirnos los prejuicios que nos impiden ser más eficaces en el cumplimiento de nuestra tarea.

 

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