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  Rebeldes sin causa  


Por Agustín Pérez (Director de Ágora Social)

El simulacro de robo de la silla del presidente Zapatero en el Congreso ha sido un golpe de mano comunicativo fallido.

El simulacro de robo de la silla del presidente Zapatero en el Congreso ha sido un golpe de mano comunicativo fallido. En mi opinión, muestra algunas de las cosas que no debe hacer una ONG cuando practica el marketing de guerrilla.

Conozco a personas que consideran que la acción ha sido un gran éxito por lo mucho que ha dado que hablar. El problema es que la propia acción ha eclipsado el mensaje. Se habla más de ella que de sus motivos. Aparte de mencionar que su propósito era llamar la atención del presidente sobre la pobreza, casi toda la información periodística giraba en torno al montaje realizado y a la depuración de responsabilidades del funcionario que les permitió el acceso al escaño. Pero nada sobre el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que era la causa que debía salir a la palestra mediática.

Le ha pasado algo parecido a lo de aquel celebrado anuncio televisivo del niño que llamaba por teléfono y saludaba: "Hola, soy Edu. Feliz Navidad". Todo el mundo lo repetía, pero nadie recordaba qué es lo que se estaba anunciando y de qué marca era. La explicación principal del fracaso de la acción que comentamos es que tenía escasa carga simbólica. El marketing de guerrilla exige no sólo realizar acciones llamativas, sino también altamente significativas, que compensen los escasos medios empleados con un mensaje claro y un medio de expresarlo con una gran resonancia emocional.

Segundo fallo: la puesta en escena. Una acción transgresora sin una fuerte justificación que haga que se la comprenda o disculpe se percibe más bien como un acto de gamberrismo. Además de la extrema simpleza del mensaje, no ayudó en este sentido la imagen de dos jóvenes actuando en el anonimato, cubiertos por sus capuchas, operando con nocturnidad, riendo ufanos de su hazaña como dos adolescentes bobalicones que se divierten con sus machadas.

Tampoco ayuda el que haya sido realizada por una organización desconocida y que ha procurado mantenerse en el anonimato, lo que resta credibilidad. Un acto simbólico debe ir firmado. La opinión da crédito no sólo por lo que se dice y se hace, sino por quién lo dice y quién lo hace. Por otra parte, a la organización como tal le interesa construir su marca y no lo va a conseguir escondiendo la mano después de arrojar la piedra.

En la concepción de esta acción se ha puesto demasiado acento en la notoriedad, en el golpe de efecto, algo que obsesiona a las agencias de publicidad. Los publicistas pueden ser valiosísimos colaboradores de las causas sociales, pero a condición de que se les oriente con lucidez y firmeza. De no hacerlo así, es fácil que incurran en una comunicación fatua o fuera de tono.

Posiblemente, la agencia de publicidad sea la única que ha ganado algo en este asunto. Le servirá para demostrar que es muy creativa y capaz de generar mucho ruido. Pero tanto ruido no deja escuchar las buenas razones que animaron a quienes realizaron una acción tan audaz como poco meditada.

 

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