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¿Quién
ha dejado pudrirse mi queso? |
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Por Agustín Pérez (Director de Ágora
Social)
Para unas personas los
cambios son estimulantes; para otras, parecen una pérdida
de poder, dinero, prestigio o competencia profesional.
La alta dirección de las organizaciones
no lucrativas a menudo se sorprende al comprobar que los
cambios organizativos o de estrategia institucional que
promueve no son bien vistos por una parte significativa
del personal. Con frecuencia acarrean una multiplicación
de los conflictos internos debido a equívocos y
a interpretaciones divergentes sobre sus posibles consecuencias.
El conocido best seller de gestión
"¿Quién se ha llevado mi queso?",
una especie de librito de auto-ayuda a mi juicio bastante
simplista e ingenuo, anima en su narración con
forma de fábula a que nos adaptemos a los cambios
que sobrevienen en un entorno en constante transformación.
Pero no explica que el éxito en los cambios no
depende en exclusiva de la actitud de quienes tienen que
someterse a esos cambios, sino de la interacción
entre éstos y quienes los promueven.
Todo cambio supone, para quien lo impulsa,
una decisión intencional más o menos meditada.
A menos que el diseño del cambio se haga de una
forma participativa, para el personal asalariado o voluntario
constituirá en mayor o menor grado una imposición.
Este punto de partida condiciona de por sí la percepción
del cambio que tienen ambas partes.
Hay personas a quienes los cambios les
resultan estimulantes. Pero hay quienes percibirán
el cambio, justificadamente o no, como una pérdida
de poder, dinero, prestigio o competencia profesional.
Otras son de naturaleza más escéptica o
les cuesta hacer las cosas de forma distinta a como las
venían haciendo. Existen también quienes
tienen una actitud negativa por predisposición
personal o porque están "quemadas".
Además de las implicaciones particulares,
la gente hará una valoración de los costes
y beneficios que puede suponer el cambio: si es necesario,
si tiene ventajas, si conlleva gastos excesivos, etc.
Se producirá una diferente respuesta individual
según la tolerancia al cambio de cada persona,
vinculada a la ansiedad que éste puede generar:
incertidumbre sobre el futuro, información contradictoria,
etc. Y la comprensión y confianza que se tenga
en el proceso dependerá de la claridad sobre los
propósitos reales del cambio y de la confianza
que se tenga en las personas que lo impulsan.
De manera que es probable que todo plan
de cambio encuentre reticencias e incluso abiertos detractores.
Es lo que se ha dado en llamar resistencias al cambio.
Muchas veces no se trata de posturas inamovibles. Tampoco
deben interpretarse necesariamente como expresión
de la falta de espíritu constructivo y de dinamismo.
Lo más común es que la gente ponga objeciones
a los cambios por temor a sus consecuencias y porque no
vea su alcance y, por tanto, sus ventajas.
Como señalábamos antes,
a menudo encontraremos personas muy negativas o "quemadas"
con las que poco se puede hacer para que sigan la corriente
del cambio. Modificar su percepción puede requerir
la inversión de muchísimas energías.
Quizá se pueda influir en ellas a través
de terceras personas en las que confíen. Pero este
tipo de personas serán la excepción. A menos
que el clima laboral esté muy deteriorado y/o exista
un gran vacío de liderazgo, la dirección
podrá conseguir que la mayoría dé
su conformidad y brinde su colaboración. Se requiere
para ello transparencia, tacto y paciencia.
Ante todo es necesario informar bien,
de forma creíble, sobre los propósitos del
cambio y sobre los pasos que se darán para realizarlo.
Si hemos dicho que el principal obstáculo es el
temor a sus consecuencias, es importante que la gente
sepa qué se pretende conseguir.
Pero no sólo importa a dónde
se quiere llegar, sino cómo se va a llegar hasta
allí. Las consecuencias que los impulsores del
cambio han anticipado en su labor de análisis y
reflexión previos, para el personal representan
algo inesperado, repentino, que necesitan tiempo para
digerir. Por eso, no hay que quemar etapas ni ignorar
las dudas y sentimientos del personal, por muy claro que
tenga la dirección su objetivo. Hay que cuidar
las formas, porque un error de procedimiento puede indisponer
al personal aunque esté convencido de la bondad
del cambio.
Y se necesita paciencia. Porque ese mismo
temor del personal o las limitaciones de su visión
pueden desesperar a la dirección, que lo ve todo
muy claro, y provocar que caiga en la tentación
de hacer valer su autoridad en vez de hacer que el personal
secunde el proyecto por la inspiración de su liderazgo.
A menudo la dirección, que ha depositado
tanta ilusión y esfuerzo en sus planes de cambio,
se sume en la perplejidad: "¿por qué
las personas no reconocen las ventajas 'evidentes' del
cambio?" Puede darse una respuesta simplista que
no hace sino arrojar más leña al fuego:
"el cambio genera barreras que hay que derribar".
Cuando lo que puede suceder no es que la gente se oponga,
es que esté reflexionando o dudando de los objetivos
del proceso, o buscando información complementaria
para hacerse con una opinión más acabada.
La falta de comprensión de esta situación
puede llevar a la dirección a tomar decisiones
precipitadas que no hagan sino enconar la resistencia.
Uno de los errores más comunes
es suponer que todas las personas reciben los mismos mensajes
y perciben los beneficios del cambio de manera similar,
con independencia de si se trata de sujetos u objetos
del cambio. Esto conduce a menudo a conflictos en los
que no se sabe muy bien qué separa a las partes
o en los que su causa verdadera adopta el disfraz de una
discrepancia sobre un asunto menor. Cualquier reticencia
recibe en seguida la etiqueta de resistencia al cambio.
Si no se clarifica la verdadera naturaleza y alcance del
conflicto, se consumirá mucha energía en
disputas inútiles.
Para gestionar adecuadamente el cambio,
la dirección debe considerar las resistencias al
cambio como reacciones probables y necesarias, no como
oposiciones que impiden su progreso. Dramatizar estas
reacciones naturales y, lo que es peor, penalizarlas,
añade conflictos y aumenta la confusión
que el proceso genera habitualmente.
No ir demasiado rápido, dejar que
el proceso madure paso a paso, es la mejor receta. La
precipitación y el nerviosismo pueden alimentar
la resistencia. Ésta puede conducir al estancamiento
del proceso, a que el clima se haga irrespirable. Puede
suceder que, cuando uno llegue al queso de la fábula
mencionada más arriba, lo encuentre podrido y no
sirva ya como recompensa.
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