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  Por el interés te quiero, RSC  


Por Víctor Pinto (Consultor asociado de Ágora Social)

Si la empresa privada piensa sólo en sus accionistas, en sus propietarios, la RSC no tiene sentido. Es así de simple.

Hace un par de años, el semanario The Economist decía que la Responsabilidad Social Corporativa tendría éxito hasta que los accionistas se dieran cuenta de que eran ellos quienes la pagaban.

Con ser un planteamiento muy cínico, ponía el acento en uno de los riesgos principales de la RSC. Si la empresa privada piensa sólo en sus accionistas, es decir, en sus propietarios, la RSC no tiene sentido. Es así de simple.

La pregunta por tanto no es por qué la empresa debe establecer estrategias que contemplan la RSC como uno de sus ejes principales, sino en quién debe pensar la empresa cuando define sus estrategias.

En la calle donde vivo hay un supermercado de proximidad. La carga y descarga la hacían a cualquier hora del día en un paso cebra y en doble fila, atascando la calle e impidiendo el acceso a los peatones. Hubo quejas, recibieron multas, pero sólo reaccionaron cuando los clientes compraron en la competencia.

Fue una reacción espontánea, pero efectiva. Identifica la principal motivación de las empresas. Si es bueno para sus negocios, interesa. Si es malo para sus negocios, también.

Esto no es ni bueno ni malo. Es la realidad. Las empresas están para generar beneficios. Son las reglas del juego. Las suyas, por supuesto, pero hay que entenderlas si se quiere entrar en el juego.

Una aproximación adecuada al sector privado empieza por entender qué busca una empresa cuando considera la posibilidad de trabajar con organizaciones no lucrativas. Debemos analizar qué nos puede interesar de ella y qué podemos ofrecer a cambio. Hay muchas formas de colaboración, pero todas tienen en común la creación de valor para las partes.

Una empresa no colaborará con una organización porque su causa sea importante o más justa que otra. Lo hará porque su colaboración le permitirá acceder a clientes hasta ahora inaccesibles para ella, su imagen mejorará, etc. Nunca debemos olvidar esto.

No es casualidad el enorme crecimiento de las aportaciones a "lo social" procedente del sector de la construcción en los últimos cuatro años. Unos pensarán que se debe a la enorme liquidez de este sector, otros a que deben lavar su imagen de depredadores del medio ambiente mediante la colaboración con el sector no lucrativo. Probablemente ambas sean ciertas. O no. Pero en cualquier caso deberemos tenerlas en cuenta si nos ofrecen su colaboración.

La cuestión es, entonces, por qué una empresa desea tener una mejor imagen ante la sociedad. No siempre ha sido así, desde luego. Sin embargo, en la actualidad, buena imagen se suele asociar a más ventas. O quizá sea más apropiado decir: mala imagen, peores ventas. Porque la buena imagen se planifica, pero los daños a la reputación surgen inesperadamente, su reparación consume ingentes recursos y pueden ocasionar un grave quebranto económico.

Igual tiene que ver con un mensaje que se repite machaconamente en los últimos años: el consumidor es el rey. No sé si es para tanto. Más bien creo que es al contrario. Pero sí parece claro que una empresa reacciona inmediatamente cuando se enfrenta a un escándalo que pone en tela de juicio su imagen ante la sociedad.

Creo que tiene que ver con que las relaciones son cada vez más complejas, más poliédricas. Uno puede ser cliente de una empresa, a la vez puede ser accionista (en España casi el 10% de la población tiene acciones de alguna empresa, algo nunca visto en nuestro país) y también puede ser empleado. A una tal persona probablemente no le gustaría descubrir que la empresa a la que está vinculada se aprovecha del trabajo infantil en China, por ejemplo. Podría dejar de comprar, vender sus acciones e incluso dejar su trabajo.

También puede haber mucha gente a la que eso le importe poco, pero el Consejo de Administración de la empresa deberá pensar en todas las personas que se podrían disgustar. Preferirá evitar situaciones comprometidas y valorará mantener unas buenas relaciones con la sociedad. Para que adquiramos sus productos, compremos sus acciones o solicitemos un puesto de trabajo en su empresa sin sentirnos culpables.

Con todo esto es con lo que debemos jugar. Acudir a empresas que hayan decidido tener buenas relaciones con la sociedad y que, de hecho, las tengan. Y saber que al colaborar con nosotros mejoran esas relaciones. No lo olvidemos: para ellas, las relaciones con el tercer sector son bazas para vender más tarde o temprano. Actuemos en consecuencia.

 

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