

Por Agustín Pérez (Director de Ágora
Social)
La experiencia me ha mostrado
que los principales obstáculos para que una organización
recaude fondos con éxito están en su interior.
En un foro de organizaciones no lucrativas
gallegas en el que participé hace meses se respiraba
un ambiente de pesimismo sobre las posibilidades de financiación
para las asociaciones y fundaciones de pequeño
tamaño, que son mayoría en esa región.
El conferenciante había anunciado el declive de
la financiación pública, como consecuencia
principalmente de que España había pasado
a ser un contribuyente neto de la Unión Europea
en lugar de un receptor de fondos. Por otra parte, algunos
cuestionamos la idea de que la colaboración empresarial
fuera a rellenar el hueco dejado por la retirada pública.
Alguien apuntó con tono sombrío: "Estamos
en el corredor de la muerte".
Es cierto que muchas organizaciones dependen
en exceso de la financiación pública y eso
las pone en una situación en extremo vulnerable.
Pero no cabe esperar que la fuente de las aportaciones
públicas se seque totalmente y menos aún
que lo haga de la noche a la mañana. En un país
en el que la aportación privada está creciendo,
sobre todo entre los donantes individuales, y que goza
de estabilidad y prosperidad económica, no hay
razón para el pesimismo siempre que la organización
sepa adaptarse a la situación.
Los factores externos, como los antes
mencionados, condicionan ciertamente las posibilidades
de financiarse. Pero no son los únicos ni los más
importantes. Además, no podemos hacer nada por
cambiarlos.
La experiencia me ha mostrado que los
principales obstáculos para que una organización
recaude fondos con éxito están en su interior.
A diferencia de los factores legales, políticos,
culturales o económicos que están fuera
de la organización, las barreras internas pueden
ser suprimidas. Por tanto, conviene concentrarse en ellas.
Una es la estrechez de miras. Hay personas
dentro de las ONL, normalmente no involucradas en las
finanzas de la entidad y carentes de visión estratégica,
que piensan que los recursos con los que cuentan son suficientes.
No quieren más porque no quieren hacer más.
Están conformes con el tamaño y la capacidad
de acción de la organización, por más
que ésta sólo tenga una incidencia muy limitada
en el problema social que busca resolver. Es lo que yo
llamo la "cultura del chiringuito".
Otra es la falta de motivación
para recaudar fondos aun cuando se reconoce su necesidad.
Es típica la dualidad que se produce entre las
labores orientadas directamente al cumplimiento de la
misión, consideradas como un trabajo noble, y la
recaudación de fondos, percibida a veces como el
trabajo sucio del que uno prefiere no ocuparse. He llegado
a oír cosas como "yo no he venido a esta organización
para recaudar fondos, sino para trabajar por los derechos
humanos". Sustitúyase esta causa por cualquier
otra y nos encontraremos con la habitual disociación
entre trabajar por una causa y conseguir el dinero necesario
para sostener la acción.
Luego están las organizaciones
que quieren recaudar fondos pero no saben cómo
hacerlo. Es la barrera del conocimiento. Acostumbrados
a la subvención, tener que salir al mercado a "venderse"
entre muchos otros competidores que reclaman la atención
del público se hace demasiado cuesta arriba. No
saben ni por dónde empezar. Y cuando se ponen en
marcha, van dando palos de ciego. Realizan acciones aisladas,
sin una estrategia capaz de sacar todo el provecho de
una acción sistemática y consciente de las
mejores bazas que tienen.
A continuación se tropiezan con
la barrera de que cuentan con pocos recursos iniciales.
Captar fondos cuesta dinero y necesita de gente que haga
bien el trabajo. A menudo se quieren conseguir objetivos
de manera voluntarista, sin asignar una dotación
presupuestaria a la labor de recaudación, sin reinvertir
los beneficios de ésta en nuevos proyectos, sin
disponer de un fondo de maniobra para aguantar las tensiones
financieras que pueden provocar las acciones que no tienen
un retorno económico inmediato, sin tener reservas
para absorber el impacto de eventuales fracasos, sin contar
con profesionales asalariados o voluntarios medianamente
preparados.
Y por si no hubiese pocas dificultades,
a veces se añaden barreras políticas. Las
crea la propia organización. Hay mucha gente en
el mundo no lucrativo que piensa que la mercadotecnia
no es más que una forma de artera manipulación.
Hay demasiadas personas que tienen escrúpulos para
pedir dinero. Hay demasiadas fobias hacia determinadas
fuentes de financiación, como es el caso de las
empresas, en el que a menudo se generalizan los males
sociales que ocasionan algunas de ellas al conjunto de
estas indispensables instituciones. Esta clase de reticencias
es lo que conduce a que muchas organizaciones se impongan
autolimitaciones excesivas para recaudar fondos. Toda
organización debe guiarse por su propia ética
para recaudar fondos, pero sin incurrir en un puritanismo
que las reste capacidad de operar sin que exista una razón
fundada para su renuncia.
Así que, mejor que lamentaros por
las barreras que presenta el entorno para el desarrollo
de vuestra organización, que pueden ser reales
pero no insuperables, revisad los obstáculos que
existen dentro de ella. Está en vuestras manos
apartarlos del camino.
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