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Nuevos
enfoques en la gestión de las ONG: las personas
en el centro |
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Por Víctor Pinto (Consultor de Ágora Social)
Todo el mundo está
de acuerdo en que es necesario evaluar la labor y el funcionamiento;
sin embargo, surgen dudas y temores.
En el primer tercio del siglo pasado unos
investigadores se mostraron muy sorprendidos cuando, al
utilizar luz artificial en el interior de unos talleres
textiles, constataron que todas las trabajadoras de aquella
empresa trabajaban mejor y eran más productivas.
Hasta entonces trabajaban prácticamente a oscuras
más de doce horas diarias.
Esto hoy causaría asombro, cuando
no indignación, pero aquello fue uno de los detonantes
de la adopción masiva por parte de las empresas
de un nuevo enfoque de gestión basado en una visión
científica del trabajo, más conocido como
taylorismo.
En aquel tiempo, se comenzaba a pensar
que la mejora de las condiciones de los trabajadores podía
suponer la obtención de mejores resultados. Obviamente,
este enfoque era esencialmente pragmático, sin
embargo, suponía un gran avance, pues hasta la
fecha, en la práctica a los trabajadores se les
consideraba poco menos que material fungible. La absoluta
inexistencia de coberturas sociales y de derechos hacía
del trabajo una experiencia a menudo muy penosa.
Hoy en día, afortunadamente, las
cosas han cambiado mucho para bien. Los estudiosos de
la gestión consideran desde hace varias décadas
a la persona como el centro de las organizaciones, y sobre
ella pivotan buena parte de los cambios en la gestión
que proponen.
Es un hecho comprobado que las empresas
que consideran a sus empleados como algo más que
un simple recurso (humano, pero recurso al fin y al cabo)
tienen menos problemas con sus empleados y suelen obtener
mejores resultados que sus competidores. Esto ha llevado
a su vez a rediseñar en profundidad numerosas metodologías
y técnicas de gestión.
Mientras esto sucedía, en el tercer
sector, probablemente fruto del gran crecimiento que muchas
de sus organizaciones estaban experimentando, se comenzaba
a mirar con cierta curiosidad eso de la "gestión".
Hasta hace pocos años, casi todo
lo que viniera de las empresas era visto cuando menos
con suspicacia en las entidades sin ánimo de lucro.
No se veía qué podían enseñar
las empresas a las ONG cuando su naturaleza y sus objetivos
eran tan distintos. Un sector formado en su gran mayoría
por pequeñas organizaciones y que se financiaba
fundamentalmente con fondos procedentes de las administraciones
públicas poco podía beneficiarse de las
técnicas que pudieran utilizar las empresas.
Sin embargo, el gran crecimiento de las
ONG y su cada vez mayor presencia en la sociedad ha generado
nuevas demandas a las que han de atender. Las respuestas
son variadas, dependiendo de la capacidad y los recursos
de cada organización. Sin embargo, todas se enfrentan,
en mayor o menor medida, a la necesidad dar cuenta sobre
qué es lo que consiguen verdaderamente. Tienen
también que ser capaces de explicar cómo
gestionan los fondos que tienen a su disposición.
Los donantes de hoy son más exigentes y muchas
organizaciones tienen que cuidar a quienes representan
su principal sustento económico.
Es en este momento cuando la gestión
cobra un sentido diferente para las ONG. Gestionar supone
tomar decisiones. Para tomar decisiones es fundamental
contar con información. Para obtener información
fiable debe existir toda una batería de elementos
que generen dicha información. En caso contrario,
la información se obtendrá, en el mejor
de los casos, mediante opiniones más o menos subjetivas.
Las carencias de los modelos organizativos
utilizados hasta entonces se hacen evidentes y crean no
pocas convulsiones en gran cantidad de organizaciones.
Por un lado, está la necesidad de renovarse internamente,
adoptando prácticas nunca antes utilizadas. Por
otro, las naturales reticencias a importar prácticas
de mundos totalmente ajenos a las ONG, en especial si
proceden del mundo empresarial, cuyos objetivos son radicalmente
distintos a los de las ONG.
En ocasiones he oído decir que
si se adoptan técnicas empresariales, acabaremos
siendo como las empresas. O que una ONG no está
para captar dinero, es el Estado quien debe dárselo.
O que las explicaciones sobre lo que hacemos, deben circunscribirse
a la mera justificación de los fondos utilizados.
Estos discursos parten en muchas ocasiones
del desconocimiento sobre lo que pueden ofrecer a las
ONG las técnicas de gestión. Es cierto que
suponen la adopción de formas más definidas
de actuar. Es evidente que la definición de funciones
y responsabilidades delimita claramente el trabajo que
uno debe hacer, introduciendo una cierta rigidez en la
organización, sin embargo, también dice
lo que uno no debe hacer, lo cual tiene una utilidad innegable,
al ahorrar discusiones sobre competencias no suficientemente
aclaradas, sin ir más lejos.
Es claro que el establecimiento de procesos
y procedimientos internos es un esfuerzo relevante, que
exige mucho de los miembros de una organización,
pero no es menos cierto que a partir de procesos consensuados
el trabajo gana en fluidez, capacidad de generar información
y previsibilidad.
Es cierto también que establecer
objetivos es un ejercicio de reflexión complejo
y que exige una dedicación importante por parte
de los miembros de una organización, pero no hacerlo
nos lleva directamente a direcciones habitualmente equivocadas,
en cualquier caso alejadas de nuestra misión.
Es evidente que esos objetivos supondrán
un reto para los miembros de la organización, pero
no fijar objetivos mínimamente ambiciosos dice
poco de organizaciones que pretenden cambiar erradicar
la pobreza, acabar con el SIDA o combatir los efectos
terribles del cambio climático, por mencionar algunas
causas.
Es obvio que establecer indicadores que
informen de si logramos o no nuestros objetivos nos obligará
a dar explicaciones en caso de que no los alcancemos.
Pero siempre será mejor disponer de información
que nos permita corregir a tiempo una desviación
importante de nuestros objetivos.
En mi opinión, las metodologías
de gestión en sí mismas no tienen ideología.
Son las personas que las emplean y toman decisiones con
ellas quienes las dotan de sentido, transmitiendo sus
valores a través de las acciones derivadas de sus
decisiones.
Esto quiere decir que puede haber gestores
que consideren a las personas simplemente como un gasto,
aunque hoy en día es poco probable que tengan éxito.
Pero también quiere decir que la gestión
puede ser un instrumento para lograr la eficacia en la
lucha por las causas que defienden las ONG.
Me gustaría destacar una razón
por la cual las personas deben estar en el centro de las
organizaciones. Cada vez más, el trabajo genera
resultados de carácter intangible, con un gran
contenido de conocimiento e información, y para
esto se precisa de profesionales altamente cualificados.
Nuestra sociedad transita cada vez más deprisa
de un mundo centrado en la fabricación de productos
a la generación de ideas, a la transmisión
de información. Los profesionales actuales tienen
perfiles radicalmente distintos a los necesitados en el
pasado.
En ese sentido, es destacable el hecho
de que buena parte del trabajo que se realiza en una ONG
tiene este carácter de "generación
de ideas", de transmisión y gestión
de información. Seguramente esto condicione el
perfil de los trabajadores del sector y, de hecho, es
así. El porcentaje de licenciados en el tercer
sector español es significativamente superior al
del sector servicios.
Por este motivo los empleados deben estar
más, si cabe, en el centro de las decisiones de
las ONG que en la empresa privada. Al menos, tanto como
en ésta.
Hay una razón adicional para ello.
Es difícil de entender que una organización
tenga como misión la mejora de las condiciones
de vida de un colectivo determinado, mientras que, en
la práctica, las relaciones con sus empleados indican
que los considera más como un gasto que otra cosa.
Una de las mejores formas de tener unas
relaciones con los empleados coherentes con la misión
es, precisamente, utilizar numerosas técnicas de
gestión que proceden del sector privado. Éste,
al menos en el plano teórico, ha entendido hace
ya tiempo que la mejor forma de asegurarse unos buenos
resultados es contando con las personas que deben conseguirlos.
Así pues, asumamos el reto de adaptar
esas técnicas de gestión a nuestras necesidades
reales, tengamos siempre presente la misión que
da sentido a nuestras organizaciones y situemos donde
se merecen a las personas que dedican su tiempo y su esfuerzo
a llevar a cabo todo lo necesario para que las ONG sean
cada día más eficaces y merecedoras, en
consecuencia, de la confianza de la sociedad.
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