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La
buena voluntad no basta |
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Por Agustín Pérez (Director de Ágora
Social)
Ante el voluntario profesional
(o el profesional voluntario) hay que poner el énfasis
tanto en los derechos como en los deberes.
En un curso de la Escuela de Voluntariado
escuché decir a un participante que no había
razón para dictar normas y exigencias a los voluntarios,
ya que estos dan de forma desinteresada lo que pueden.
En su planteamiento latía una idea común
que bien se podría expresar con el dicho popular
que prescribe que a caballo regalado no le mires el diente.
Bastante dan ya como para que les vengamos con exigencias.
También hay quien opina que la
relación de una organización con los voluntarios
debe ser netamente diferente a la que mantiene con los
profesionales asalariados, ya que estos están sometidos
a una relación contractual de índole laboral.
Dejémonos de disquisiciones filosóficas
de escasa utilidad práctica. Está claro
que la regulación legal del voluntariado y del
trabajo asalariado es distinta, atendiendo a su singular
naturaleza. Pero aparte de la diferencia esencial de la
remuneración del trabajo de uno y de la gratuidad
del trabajo del otro, y de otras diferencias que los legisladores
hayan conferido a cada figura, hay una realidad común:
ambos están en la organización para realizar
una función que contribuya al cumplimiento de la
misión de la organización.
Se trata de hacer un trabajo. Es más,
se trata de hacerlo bien. Y para ello hay que hacerlo
de la manera más profesional que se pueda. Lo que
caracteriza a un profesional no es que le paguen por hacer
su trabajo, es la calidad con que lo ejecuta. No podemos
decir que sea un profesional, por ejemplo, un intérprete
que apenas es capaz de traducirnos la mitad de lo que
se está diciendo.
Debemos estar muy agradecidos a los voluntarios.
Yo mismo soy voluntario y deseo que reconozcan mi esfuerzo
y mi aportación. Pero esto es una cosa y otra actuar
como si las organizaciones estuvieran ahí sólo
para dar cauce al anhelo de hacer algo por los demás.
No, las organizaciones se han creado justamente para beneficio
de la sociedad o de un colectivo específico. Los
voluntarios que crean en esa causa deben servir a la organización
que la promueve, no al contrario.
Este enfoque del voluntario profesional
o del profesional voluntario, como uno prefiera denominarlo,
implica poner el énfasis de forma equilibrada tanto
en los derechos del voluntario como en sus deberes. Al
voluntario hay que informarle, reconocerle, permitirle
que participe en el diseño de su trabajo, incluso
-en el caso de las asociaciones- en la toma de las decisiones
más relevantes. Pero también hay que pedirle
que realice su trabajo con asiduidad, que informe a sus
responsables, que justifique el incumplimiento de sus
tareas, que se forme para desempeñar mejor su función,
etc.
Otra importante consecuencia de este enfoque
es que cualquier voluntario no sirve para cualquier función.
Parece que algunos sólo ponen como condición
para el voluntariado el que se disponga de tiempo libre.
Además de tiempo, se requiere motivación
y habilidades. Hay muchos falsos voluntarios, personas
que esperan encontrar en una entidad algo muy distinto
a lo que verdaderamente se les ofrece. Y también
hay voluntarios que quieren hacer ese trabajo pero que
no tienen la destreza suficiente para hacerlo de manera
conveniente.
Aquí es donde debe entrar en juego
la formación del voluntario, que es responsabilidad
de la organización. No se puede ser exigente con
la calidad del trabajo de los voluntarios si se espera
de ellos que se las arreglen como puedan. Sobre todo en
el comienzo de la colaboración, momento en que
muchos se encuentran perdidos, es cuando necesitan más
apoyo. Si queremos que cumplan su compromiso con la organización,
ésta tiene que comprometerse también con
ellos.
La selección de los voluntarios,
pieza esencial de la profesionalidad de la labor que se
les confía, no suele ser muy rigurosa. Quitando
a los que dan la bienvenida automáticamente a todo
el que manifieste deseos de colaborar, la selección
suele limitarse a comprobar de un modo superficial si
el candidato reúne la motivación y los conocimientos
básicos para realizar un determinado trabajo. En
cambio, no es común indagar sobre sus habilidades
sociales.
Resulta que estas habilidades sociales
no sólo son muy necesarias para funciones específicas,
como las que tienen que ver con el trato directo con los
beneficiarios, los donantes o con el público, sino
que muchas de ellas son más que recomendables para
todos los voluntarios. Con independencia de la tarea que
se les encomiende, muchas veces será necesario
que los voluntarios sean capaces de trabajar en equipo,
de coordinar o dirigir a otros voluntarios... En definitiva,
de relacionarse adecuadamente con otros voluntarios y
con el personal asalariado.
¿No te has encontrado alguna vez
con una persona difícil que se lleva mal con todo
el mundo? ¿O con un responsable de equipo que no
es capaz de liderar a su gente, sino sólo de impartir
órdenes hasta que la gente le va abandonando poco
a poco? ¿Contratarías a una persona emocionalmente
desequilibrada o a un directivo autoritario? Entonces,
¿vamos a reclutar como voluntarios a este tipo
de personas sólo porque no les pagamos? Hace falta
algo más que valorar su buena voluntad.
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